Por Marcelo Torres (Diciembre de 2008)
La crisis económica mundial forzó ya varios resultados notables. Amén del destrozo de economías y de la erosión acelerada de las condiciones de vida de centenares de millones de personas –que pronto será de miles de millones- , ha puesto varios y cruciales temas en el lugar prioritario de la agenda de gobiernos, organizaciones internacionales, políticos, economistas, académicos y orientadores de opinión de Estados Unidos y del mundo entero. La forma básica de contrarrestar las crisis del capitalismo, la capacidad adquisitiva de la población trabajadora, una adecuada teoría y práctica del comercio internacional, y el calentamiento global, son cuestiones que pasaron al primer plano de la atención pública mundial y que, de alguna manera remiten a un denominador común: el papel del Estado en la economía y el bienestar social tanto a nivel nacional como internacional. La actual crisis es de tal magnitud, que tirios y troyanos coincidieron rápidamente en su poder devastador: es la mayor desde 1929, la de la Gran Depresión. Como esa, comenzó con el desplome de Wall Street y como un hachazo marcó el final de un período y el comienzo de otro. Pero a diferencia de aquella, hoy el capitalismo no viene de un período expansivo sino recesivo, Estados Unidos no está ya en el alba de su periplo hegemónico sino en la decadencia de su imperio, y el proletariado no llega de un grandioso empuje revolucionario sino de una fase de repliegue. Y dentro de la gran diferencia sobresalen otras semejanzas: en el primer plano, el retorno de Keynes, y en el trasfondo, el fantasma de Marx.
1. Crónica de la burbuja
Desde fines del decenio de los noventa y hasta 2005, la venta de viviendas y sus precios habían experimentado en los Estados Unidos un notable aumento que se expandió todavía más por la vía del crédito. Las entidades financieras habían prestado a personas con problemas en su historial financiero o que no tenían la capacidad de pago para cancelar la cuota mensual de una hipoteca. Mediante hipotecas con unos tipos de interés bajos o inexistentes a corto plazo, mientras que el vencimiento del principal se aplazaba al futuro, millones de estadounidenses compraron viviendas por encima de su capacidad de pago a largo plazo. La expansión parecía gozar de inacabable viento en popa. Muchas de las entidades financieras que concedieron los créditos hipotecarios los vendieron a otras y así sucesivamente; bancos británicos o alemanes acabaron siendo dueños de papeles respaldados por hipotecas de casas y apartamentos que nunca conocieron.
Los precios de inmuebles siguieron subiendo en el segundo trimestre de 2006, pero a un ritmo más lento; en octubre de ese mismo año, el mínimo anual de viviendas construidas desde el 2000 y la contracción de la inversión empresarial revelaron un bajón del mercado inmobiliario. Desde septiembre de 2006, Nouriel Roubini, ex asesor financiero del gobierno de Bill Clinton, había vaticinado una nueva recesión económica en Estados Unidos y advertido que “será esta vez más larga y más profunda que en 2001… y afectará al resto del mundo”. En febrero de 2007 el nuevo presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, sostenía alegremente que la economía estadounidense seguiría creciendo en ese y el siguiente año, pero en abril del 2007 se escuchó el primer crujido. Ante la falta de liquidez, los endeudados propietarios habían refinanciado sus hipotecas hasta dos y tres veces para conseguir el efectivo que necesitaban para pagar sus casas, mas como lo obtenido no fuera suficiente para pagar el total adeudado, les llegó el momento en que no pudieron seguir pagando. Millones de norteamericanos tuvieron que hacer frente a embargos y muchos perdieron sus viviendas. Las alarmas se dispararon, la rueda de la especulación se trabó: numerosas entidades financieras que habían hecho préstamos en forma directa o habían adquirido hipotecas enfrentaron problemas de liquidez2. Los precios de los inmuebles se derrumbaron. Numerosos bancos fueron a la quiebra. En agosto de 2007, tanto la Reserva Federal de los Estados Unidos como el Banco Central Europeo tuvieron que darle dinero a sus respectivos sistemas financieros para mantener la confianza del público en las instituciones crediticias3. La burbuja, que llevaba años incubándose en el mercado de finca raíz, había estallado.
En el cuarto trimestre del 2007 la vivienda usada de las áreas metropolitanas de Estados Unidos bajó 5.8 por ciento en comparación con el mismo período de 2006. La mayor baja fue en el Oeste del país con un 8.7 por ciento4. A comienzos de 2008 varios gobiernos de países desarrollados iniciaron una sucesión de salvatajes bancarios. El 17 de febrero de 2008 Inglaterra nacionalizó el banco Northern Rock. El 16 de marzo del mismo año la Reserva Federal norteamericana (la Fed) organizaba el rescate de Bear Stearns, el quinto banco de negocios norteamericano: le prestó US$30.000 millones a JP Morgan Chase, que adquirió a aquel por US$ 236 millones y pagó la acción de este unas 15 veces por debajo de su valor. Abandonando la lucha contra la inflación, la Fed decidió bajar las tasas de interés. Esta política, típicamente keynesiana, fue apoyada por el Congreso5.
Tras un 4.9 por ciento en el tercer trimestre de 2007, en el cuarto, el PIB norteamericano cayó a 0,6, mientras para todo ese año el índice de precios al consumidor de Estados Unidos había sufrido el aumento más rápido en 17 años -impulsado principalmente por las alzas en la energía- para ubicarse en 4,1 por ciento. Al comenzar 2008, la tasa de desempleo subió al 4,9 por ciento. Las pérdidas por la crisis del mercado hipotecario alcanzaron los US$300.000 millones. Citigroup reportó su primera pérdida trimestral desde 1998, y recortes de personal entre 17.000 y 24.000 plazas de trabajo y la necesidad de US$12.500 millones en capital; las mayores aseguradoras de bonos se enfrentaron a severos problemas de liquidez, y sus pérdidas se estimaron alrededor de los US$ 130.000 millones. El 21 de enero, la fuerte caída de Wall Street produjo una violenta caída internacional de las bolsas, la mayor después de aquella que siguió al atentado a las Torres Gemelas, entre otras las de Europa, México y Argentina. Durante 2008 y en especial desde septiembre, toda la cadena de funcionamiento del aparato financiero norteamericano colapsó. No sólo la banca de inversión, los bancos comerciales, las cajas de ahorros, las compañías de seguros, las agencias de calificación de riesgos (Standard & Poors, Moody’s, Fitch) y hasta las auditorías contables (Deloitte, Ernst & Young, PwC)…, desmoronándose las cinco mayores entidades financieras: Goldman Sachs y Morgan Stanley (en parte comprado por el japonés Mitsubishi UFJ), reconvertidos en bancos comerciales6, y Lehman Brothers, en bancarrota; Bear Stearns y Merril Lynch, comprados con la ayuda de la Reserva Federal (Fed), por Morgan Chase y el Bank of America; también el American International Group (AIG), la mayor compañia de seguros del mundo, y Fannie Mae y Freddy Mac, las principales entidades de crédito inmobiliario. Quedó claro que cualquier de rescate bancario por parte del Estado debía partir de que estaban en circulación préstamos hipotecariamente respaldados por valor, al menos, de 1,1 billones de dólares, más de 2 billones en forma de hipotecas a propietarios de vivienda privados y 1,6 billones en hipotecas a empresas que operan en el mercado7.
La crisis se extendió a todos los países desarrollados. La economía de Estados Unidos que había retrocedido a un 0,7 por ciento en el segundo trimestre de 2008, decreció 0,1 en el tercero8. En los 15 países de la Eurozona, el crecimiento también se redujo a un insignificante 0,2 por ciento tanto en el segundo como en el tercer trimestre9. Desde comienzos de 2008, el dólar había caído a niveles mínimos frente a varias monedas, desde el euro hasta el yen y el franco suizo, pero meses más tarde, la misma crisis financiera empujó a inversores y países a reconvertir sus activos y reservas en dólares, generando de esa manera una fuerte demanda de la moneda estadounidense que ha fortalecido el dólar10 y reforzado la demanda de los bonos del Tesoro norteamericano, por lo menos durante un tiempo, como el instrumento financiero más seguro y deseado del sistema financiero mundial.
Medidas para contrarrestar la recesión
Tanto a nivel nacional como internacional, el Estado norteamericano y varios de sus socios europeos se pusieron en movimiento para contrarrestar la crisis con medidas al estilo de la Gran Depresión. A fines de enero de 2008 La Casa Blanca y el Congreso acordaron un plan para estimular la economía que contemplaba unos US$ 100.000 millones en devoluciones de impuestos para particulares y US$ 50.000 millones en medidas fiscales para las empresas11. Después, el Secretario del Tesoro, Paulsen, y el presidente de la Reserva Federal, Bernanke, tomaron la decisión de dejar hundir a Lehman Brothers pero esta sólo duró un día. Al día siguiente, ante el pánico financiero realizaron el rescate de la aseguradora AIG (American International Group). Poco después, llegó el plan gigante de rescate del Secretario del Tesoro Henry Paulson, de consuno con la Reserva Federal, que jamás fue considerado para ayudar a los deudores hipotecarios, para suministrar US$ 700.000 millones para comprar los “activos tóxicos” de los bancos. Se dice que serán necesarios entre 1 y 2 billones –en el peor de los casos, hasta 5— para enjugar todos los créditos y todos los títulos de derivados tóxicos12. Por lo pronto, el gobierno norteamericano ha anunciado otros US$ 800.000 como nuevo salvavidas de las finanzas en bancarrota13.
El 20 de octubre de 2008 el G-7 acordó un plan para recapitalizar el sistema bancario. La Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra acordaron inyecciones directas de capital a los bancos “sistémicamente importantes”14.
Otra fuente importante de capitales para afrontar el derrumbe financiero norteamericano, extranjeros pero también de carácter estatal, son los llamados fondos soberanos. Existentes desde 1953, cuando Kuwait creó el suyo, son fondos estatales tanto de países centrales como de la periferia que invierten en los países desarrollados. Los significativos, naturalmente, son los de la periferia, en buena parte de países petroleros. Aunque hubieran realizado algunas inversiones en Europa, en Estados Unidos no eran bienvenidos y en algunos casos generaron rechazos como en 2005, cuando el grupo chino Cnooc quiso adquirir la petrolera estadounidense Unocal sin lograrlo, y hubo protestas ante la sola posibilidad de que Dubai Ports World asumiera el control de las terminales de transporte en 6 puertos norteamericanos. Pero la actitud cambió con el agravamiento de la crisis financiera. Desde finales del 2007 y enero del 2008, Citigroup, Morgan Stanley, y Merrill Lynch, recibieron importantes inyecciones en dólares de los fondos soberanos de los Emiratos Árabes Unidos, de China, Singapur, Corea del Sur y Kuwait 15.
1. Los factores de la crisis: el deterioro económico social norteamericano
En vísperas de la actual recesión, en Estados Unidos eran claros los síntomas del quebranto económico-social. Se veía venir el colapso del sector de la vivienda, y mientras actuaban las presiones inflacionarias de los altos precios del petróleo, se registraba una reducción de los ingresos por hogar, sin mencionar que la tasa de ahorro personal como parte de la renta disponible había disminuido hacia 1975 de casi un 14 a menos de 6 por ciento durante los noventa y finalmente, con el nuevo siglo, se había vuelto negativa16. A lo anterior se sumaba el espectro amenazante del desempleo en aumento. Eran los efectos del visible debilitamiento de la economía estadounidense. La cuenta corriente de la balanza de pagos alcanzó en 2007 un déficit superior a US$750 000 millones, el 5,6 por ciento del PIB. La deuda externa de Estados Unidos, desde la llegada de Bush al poder, creció más de un 50 por ciento y a finales del pasado año se ubicaba en 9 billones de dólares que representa el 65 por ciento del PIB. El déficit fiscal del gobierno federal se situará a fines de 2008 en –2 por ciento que contrasta con el superávit de 2,5 por ciento dejado por la administración Clinton. La deuda total estadounidense (pública, empresarial y personal) llegaba a los US$ 48 billones: más de tres veces el PIB norteamericano y superior al Producto Mundial Bruto17. Los acuerdos de libre comercio, en particular el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), generaron gran descontento entre los trabajadores norteamericanos al causar significativas pérdidas de empleos por el desplazamiento de inversiones de Estados Unidos a países de más bajos salarios.
Entre los trabajadores de los países desarrollados, los norteamericanos fueron los más golpeados por el neoliberalismo, en mayor grado que en Gran Bretaña –afectados especialmente durante la Tatcher-, Canadá y Europa. La pérdida del poder de negociación de los sindicatos en Estados Unidos, sustancial desde la administración Reagan, volvió a acentuarse con Bush hijo, lo que deterioró la capacidad adquisitiva de los asalariados18. En los últimos 30 años, sólo el diez por ciento de la población estadounidense recibió el 50 por ciento de los beneficios derivados de los ingresos. Con Clinton, los Estados Unidos experimentaron una expansión económica importante pero las desigualdades sociales y la pobreza aumentaron. El caracter regresivo del régimen de impuestos establecido desde la reaganomic fue acentuado con fuertes bajas sobre las rentas más elevadas durante Bush hijo pues de 39,6 bajo Clinton cayeron a 35 por ciento sobre los dividendos y las ganancias de capital, lo que favoreció a quienes ganan más de US$ 300.000 anuales y redujo los recursos disponibles para políticas públicas sociales19.
En materia de salud, la OMS ubicó recientemente la calidad general del sistema de salud norteamericano, entre casi 200 países, en el puesto 37; cerca de 47 millones de estadounidenses carecen de seguro médico porque Estados Unidos es el único país industrializado y rico en el cual el acceso al seguro médico para todos sus ciudadanos no es obligatorio. En nivel educativo, los estudiantes de Estados Unidos estos se clasifican a menudo por debajo de la media de los países desarrollados. El coste de la matrícula en muchas universidades públicas ha aumentado como promedio un siete por ciento al año; tal subida de precios y la exclusión que implica para un amplio segmento de la población de los estudios superiores preocupa a muchos expertos en cuanto puede conllevar el rezago de Estados Unidos frente a los demás países desarrollados en relación con la proporción de científicos e ingenieros y al conjunto de su mano de obra altamente calificada.
La creación de deuda
El estallido de la burbuja inmobiliaria, la recesión de Estados Unidos y la extensión al resto del planeta de una depresión económica mundial, constituyen los hechos básicos de una crisis crediticia global. Sus antecedentes se remontan a la recesión norteamericana de 1989 a 1991 -causada en parte por una contracción en el mercado de la vivienda- de la cual se salió gracias a la extensión masiva del crédito al consumo a millones de norteamericanos. Con ello creyó haberse descubierto en el crédito la palanca para el mantenimiento ininterrumpido de la demanda y con esta, de la dinámica sostenida de la economía capitalista. Así, las bajas tasas de interés mantenidas por la Reserva Federal entre 2001-2006 fueron lo que alimentó la expansión del sector de vivienda en Estados Unidos. Al respecto, el ex asesor financiero de Clinton, Nouriel Roubini opinó, sobre la causa de la recesión y la responsabilidad de la Junta de la Reserva Federal en ello: “…el error de la FED data de hace varios años, cuando permitió, manteniendo las tasas de interés demasiado bajas por demasiado tiempo, que se formara sin control la burbuja inmobiliaria20.
Las tarjetas de crédito, concedidas con facilidad, permitieron a los consumidores adquirir bienes y servicios que estaban por encima de sus posibilidades. “La cultura de la tarjeta de crédito” multiplicó el poder adquisitivo y amplió el mercado de consumo para la producción de todos los bienes y servicios que se estaban comprando a crédito. Durante los últimos 17 años, esos consumidores fueron el sostén de la economía global, gracias, en gran medida, a sus compras a crédito21.
La incidencia de los precios del petróleo
El alza de los precios del petróleo, en cuanto que agregó a la recesión el elemento inflacionario, devino en otro factor incidente en la crisis económica mundial. Las alzas de los precios, sobre la base de la tendencia declinante de las reservas petrolíferas mundiales, resultaron del aumento de la demanda mundial por los nuevos niveles de consumos derivados de la industrialización de países emergentes como China e India, y desde 2003 por la guerra de Irak, llegaron en julio de 2008 hasta los US$ 150 por barril elevando todos los demás precios. Más tarde, los precios experimentaron una baja debido a los efectos negativos de la crisis en el crecimiento de la economía mundial, lo que a su vez disminuyó la demanda de crudo22.
Libertinaje financiero: los paraísos fiscales
Un foco de mayúscula perturbación de la economía mundial, en cuanto acentúan en escala gigantesca la anarquía del capitalismo, son los llamados paraísos fiscales. Estos, espacios económicos ubicados en zonas –pequeñas islas o Estados pequeños- donde los grandes capitales de los países desarrollados escapan al control fiscal de sus Estados y fijan sedes nominales alternas de su acumulación, gozan allí del no pago de impuestos y actúan desde tales paraísos sobre el mundo entero. Aunque la OCDE maneja un cálculo de 38 enclaves como paraísos fiscales, de hecho su cantidad real se sitúa por encima de los 71. De ellos, diez se encuentran en Europa y juegan un papel muy importante en la actividad económica mundial23. Esta práctica de evasión de impuestos y ocultamiento de la identidad de los titulares de tales capitales es ya muy antigua y todos los Estados capitalistas la toleran. La cuestión es que a raíz de la recesión mundial, una gran parte de los fondos económicos públicos que se han puesto o se van a poner en manos de los bancos y de las compañías privadas para rescatarlos de la crisis financiera pasarán a sociedades que operan desde los paraísos fiscales, es decir, seguirían una senda oculta al control público. Tal el caso, por ejemplo, de Bradford & Bingley, Northern Rock, American International Group (AIG) y otras firmas coordinadas con filiales en los paraísos fiscales. De ahí la propuesta del presidente francés, Nicolas Sarkozy, y Angela Merkel, la canciller alemana, de que «ningún banco que trabaje con dinero del Estado opere con los paraísos fiscales»24. Sin embargo, ni Luxemburgo, ni Austria, ni Suiza, ni Estados Unidos acudieron al encuentro de mediados de octubre de 2008 convocado en París, ni tampoco otros nueve países del club de los más ricos.
2. La génesis de la debacle
Viene el capitalismo norteamericano de un período de estancamiento prolongado –iniciado en firme hacia mediados de los años 70- que sobrevino una vez agotada la onda expansiva de la segunda posguerra y que, al comenzar con el abandono del modelo keynesiano, dio origen al neoliberalismo y cambió la forma de reanimar la demanda solvente. Hacia 1980, en los Estados Unidos y los países del centro se hallaba bastante desarrollado el método de reactivar la demanda principalmente mediante la creación de deuda, la de los particulares, las grandes corporaciones y la del Estado. La desregulación del sistema financiero y de los mercados internacionales de divisas, iniciada desde los setentas, junto a la alteración regresiva de la orientación del presupuesto del Estado, dieron lugar a una explosión financiera sin precedentes. Por el lado de los ingresos hubo una disminución sustancial de los impuestos directos a los sectores capitalistas más encumbrados y un aumento correlativo de las cargas indirectas para el grueso de la población trabajadora y la clase media. Por el lado del gasto, la eliminación o reducción al mínimo de los subsidios a la población, de las empresas públicas y las inversiones estatales productivas mientras se reorientaban dichos recursos hacia las grandes corporaciones, se privatizaban los bienes públicos y se bombeaban ingentes sumas de los fondos estatales hacia la especulación financiera. Sólo entre 1950 y 1985 la participación del sector financiero en el PNB de Estados Unidos casi se duplicó, mientras que la deuda nacional se septuplicó entre 1965 y 198525. El resultado fue que desde 1975, mientras la actividad productiva se ralentizaba, la especulación ascendía como un cohete. El nivel de los salarios empezó a caer desde un poco antes y hasta el sol de hoy nunca volvió a recuperarse, en tanto que la tasa de desempleo se resistió a descender por debajo del 6 o 7 por ciento. Como intocable fundamento del libre comercio entre las naciones –y haciendo caso omiso de sus diferentes niveles de desarrollo- de nuevo se puso en boga la teoría ricardiana de las ventajas comparativas como base del intercambio internacional, que reprodujo más acentuadamente un modelo colonial de las relaciones internacionales. A todo aquello, que se elevó a categoría de modelo económico durante las administraciones de Reagan y la Tatcher, se le llamó pomposamente “nueva economía” o simplemente economía de mercado. Andando los ochenta, con los ajustes del esquema propios de su aplicación fuera de las naciones desarrolladas, se extendió a algunos de los países de la periferia y durante los noventa la imposición se generalizó en firme al conjunto de ellos.
La consecuencia de todo ello en los países atrasados –el grueso del Tercer Mundo- como en casi todos los llamados emergentes, también fue la implantación del reinado de la especulación sobre la producción, la reducción al mínimo del papel del Estado en la economía, la desregulación, las privatizaciones en masa, la desindustrialización, la elevación del desempleo, el crecimiento del endeudamiento externo, los TLC, los abultados déficit comerciales y de balanza de pagos, la caída generalizada del nivel de vida, el aumento de la miseria y la pobreza y de la desigualdad social. Particularmente dramática fue la drástica disminución del poder de negociación de la clase obrera en todo el mundo, la erosión de la fuerza sindical, y en consecuencia, de su nivel de salarios, mediante la obstrucción de la sindicalización, la merma de los derechos de huelga, convención colectiva y estabilidad y el alargamiento de la jornada de trabajo. En los noventa, luego del crash de 1987 y de la recesión de 1991 en Norteamérica, se sintieron las dentelladas de varias crisis sucesivas, primero en la periferia: México, Corea, Malasia y Brasil, –aunque también en Rusia-, y finalmente en pleno centro, en Estados Unidos, en 2000-2001. Esta última, el estallido de la burbuja de las empresas puntocom, como resultado de la desenfrenada desregulación de las telecomunicaciones, de la banca (la derogación de la Ley Glass-Steagall en 1998) y de la energía eléctrica, conllevó algunas de las mayores quiebras y escándalos de corrupción, como las de Enron y WorldCom, y la mayor recesión industrial norteamericana desde 197426. Y ahora, la juerga financiera llegó a su término con el estallido de la nueva gran burbuja, la de la hipotecas.
3. La gran conclusión
Como recurso para contrarrestar las crisis y el estancamiento, el regresivo modelo neoliberal ha llegado a su fase final. La creación de deuda como herramienta para reanimar la demanda se revela finalmente como un instrumento que potencia la anarquía inherente al capitalismo y lo ha arrojado a la mayor de las crisis de devastadoras consecuencias sociales. El efecto ideológico y político más importante de la crisis de las subprime, a la par que Wall Street se hunde en el desprestigio, es el derrumbe de la premisa de la autorregulación de los mercados. Tan abrupta como irreversiblemente, ha quedado claro que el mercado financiero desregulado, el reino de la especulación sin freno, están a años luz de ser el mejor de los mundos posibles para generar crecimiento y prosperidad.
Retorna Keynes
Con la inferencia de que el papel del Estado, lejos de constituir “el problema” como postulaba Reagan, es insustituible, resurge la idea de la necesidad de la regulación y el control públicos sobre el sector financiero y en general sobre la economía. Es cierto que en crisis anteriores las medidas y acciones del Estado norteamericano también acudieron prestas al rescate de los negocios de la dorada oligarquía financiera, y que a diferencia de lo que le impuso a los Estados de los países pobres, la metrópoli nunca renunció a la acción del Estado sobre la economía. Pero en esta ocasión, la magnitud de la crisis y la certidumbre de que la persistencia en las irracionales recetas del neoliberalismo sólo profundizaría el desastre a niveles sin precedentes, obliga a echar lastre. El mundo contemporáneo llega a un punto de viraje en el que termina un período y comienza otro, el del hundimiento del esquema de la economía de libre mercado y el del retorno al keynesianismo. Cualquiera que sean las formas que este retorno adopte, ajustadas a los desarrollos de la globalización, y el grado en que tenga lugar, partirá del reconocimiento de la necesidad del papel del Estado en la economía y el bienestar social. Y conllevará, por lo menos, dos componentes del viejo modelo keynesiano: fuertes regulaciones y controles públicos sobre la economía y nuevas y masivas inversiones estatales de carácter productivo.
Más allá de cualquier conjetura, el curso práctico de las cosas se desenvuelve ya en esa dirección. No sólo porque las crisis económicas en general conllevan cierto resurgimiento del papel del Estado sino porque ahora va envuelta en ello la supervivencia misma del capitalismo. El viraje ha sido precedido y preparado por una intensa confrontación ideológica y política. La recesión ha acelerado de modo extraordinario el aprendizaje práctico de decenas de millones de personas en Estados Unidos sobre la naturaleza del antisocial modelo económico que prevaleció durante las últimas tres décadas. Empero, este proceso venía en marcha, cada vez con más vigor y claridad, tanto en el Sur como en el Norte, desde la segunda mitad de los noventas. La crisis política y social argentina que presionó la caída sucesiva de varios gobiernos, los cambios de gobierno de carácter democrático en América Latina –que conformaron los conocidos Vientos del Sur, los movimientos antiglobalización -contra el FMI, el Banco Mundial y la OMC-, las jornadas mundiales contra de la guerra, por el trabajo decente y la protección del medio ambiente, que arrancan en firme a partir de las jornadas de Seattle en 1999, al igual que la fundación de la Confederación Sindical Internacional en 2005, apuntaban ya en la misma dirección.
En el terreno académico pero cada vez con mayor efecto en la esfera política, Joseph Stglitz y Paul Krugman, dos premios Nobel de economía, han sometido a crítica el modelo neoliberal, entre otros, y propuesto un modelo económico que no rebasa el capitalismo pero basado en la intervención estatal. Hasta el venerado profesor Samuelson, ave canora de la economía burguesa, ha exclamado: “Por eso, recordando 1933 y 1934, animo a la próxima Casa Blanca y al próximo Congreso a improvisar para la economía real nuevas y grandes inyecciones de gasto directo que ayuden a debilitar las espirales descendentes que las recesiones son tan propensas a desarrollar. Gasten así, … Ningún economista sensato lamenta hoy que Roosevelt rompiese las promesas electorales de ‘equilibrar el presupuesto’ que hizo en 1932”.27
“Un espectro ha vuelto”
Por lo pronto, en la batalla que se avecina, el inusitado interés público en los textos de Marx, tanto en Europa y los Estados Unidos como en otras latitudes, condensado en el artículo “Un espectro ha vuelto”, de una edición del semanario Der Spiegel de 2005, augura un potente resurgimiento de la teoría marxista no sólo como explicación científica del capitalismo sino sobre la imposibilidad de que evite las crisis , y mucho más importante, como guía para la acción de centenares de millones de mujeres y hombres. Y en este primer gran round del pugilato por impedir que los costos de la crisis recaigan enteramente sobre los contribuyentes norteamericanos y el resto del mundo, y por lograr que los billonarios rescates estatales alimenten la desfalleciente economía real y no exclusivamente las arcas de la aristocracia financiera, los keynesianos honrados constituyen un aliado de los trabajadores y sectores democráticos.
Este viraje se produce en un contexto mundial caracterizado por el declive de los Estados Unidos, la reconfiguración de Europa, y el ascenso de China y de las economías de los países emergentes, como India, Brasil, y Corea del Sur. La agenda reciente reunión del G-20, en la cual 12 de los participantes son países emergentes, que ventiló problemas como la regulación del sector financiero para evitar excesivos riesgos, de los bancos para que aumenten sus reservas, de las agencias calificadoras de riesgos, de las normas contables y el examen de la función del FMI, indica a las claras la importancia que se reconoce a una urgente acción de los Estados en cruciales asuntos de la economía mundial28.
Un programa general inmediato
Desde el punto de vista político, para que pueda retomarse la marcha hacia la revolución socialista en los países desarrollados, lo que se pone al orden del día para los trabajadores y demás fuerzas progresivas, como programa de acción inmediato, es la conquista de una serie de posiciones que permitan ese avance. Un programa de reformas inmediatas basado en un restablecimiento del papel del Estado como la fuerza rectora y primordial de la economía (nacionalizaciones, planes y programas económicos públicos, control y regulaciones estatales). Que pugne, en primer término, por sepultar definitivamente el neoliberalismo y restablecer lo más pronto posible el papel del Estado en la economía y el bienestar social, hecho progresivo en línea con los intereses de las fuerzas del trabajo. La reorientación sustancial del ingreso y del gasto público (en salud, seguridad social, educación, vivienda, impuestos progresivos e inversiones productivas y protección al medio ambiente). El rescate de la democracia política (ampliación y vigorización de las organizaciones sindicales y políticas del proletariado y las fuerzas democráticas, restablecimiento de los derechos sindicales recortados o conculcados, respeto a los derechos civiles, proscripción legal del secuestro de ciudadanos por los Estados, el confinamiento ilegal, la tortura, el espionaje electrónico oficial, y de las detenciones por tiempo indefinido y sin cargos). Una política democrática global (control y regulación al capital financiero mundial, a los flujos de de divisas, supresión de los paraísos fiscales, consolidación del caracter público de la Internet, libertad regulada de la movilidad transnacional de la mano de obra, fortalecimiento de la CSI, acción conjunta ante el calentamiento global, fortalecimiento de la justicia penal internacional contra crímenes de guerra y de lesa humanidad, nuevo multilateralismo basado en la autodeterminación de los pueblos y naciones, la ayuda mutua y el beneficio recíproco, política antinarcóticos basada en la prevención y la curación…
En general, tales reivindicaciones tienen también validez en los países del Tercer Mundo en los cuales ha de anteponerse la de la soberanía y autodeterminación nacional, tanto política como económica. Los trabajadores del mundo sepultarán diligentemente el neoliberalismo, y en los tiempos que se avecinan, se harán sentir en grande